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Textos de opinión II

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Textos de opinión II



Déspotas virtuales

MOISÉS NAÍM 15/11/2009

El Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio ya tiene 500 miembros y está creciendo rápidamente. Lo puede encontrar en Facebook, el sitio de Internet donde todo es posible. Ahora les cuento más sobre el Comité Antivicio. Sitios como Facebook ayudan a reencontrar viejos amores y a hacer nuevas amistades, a organizar fiestas y buscar trabajo. También sirven para luchar contra las dictaduras, denunciar a políticos corruptos o recaudar fondos para salvar la vida de un niño enfermo. Con sus 300 millones de usuarios que se comunican en 68 idiomas, Facebook es el más popular de los nuevos vehículos creados gracias a Internet. Los micromensajes enviados por Twitter, los blogs, YouTube, Flickr y otras tecnologías similares también están cambiando el mundo. Es tentador pensar que todo esto no puede sino tener efectos liberadores y positivos. Los monjes budistas de Myanmar (antigua Birmania), los estudiantes antichavistas de Venezuela o los opositores a Ahmadineyad en Irán han potenciado su impacto político con estas nuevas tecnologías. Las utilizan para reclutar nuevos miembros, coordinar sus actuaciones, mostrar los abusos de los déspotas, llevar a miles de personas a la calle o recaudar fondos. La Red es buena para la democracia y mala para los dictadores.

¿Estamos seguros de esto? No. Evgeny Morozov, uno de los más lúcidos analistas del impacto político de Internet, nos recuerda que "la historia demuestra que las nuevas tecnologías suelen ayudar a todas las fuerzas políticas por igual, no sólo a las que tienen las intenciones más nobles o democráticas". A pesar de esto, la suposición dominante es que los Gobiernos, especialmente los más autoritarios, están perdiendo terreno frente a redes de activistas cibernautas hambrientos de democracia. Pero la realidad es que Gobiernos como los de Rusia, Irán, China o Cuba ya no se limitan a leer subrepticiamente los correos electrónicos de sus ciudadanos, a bloquear el acceso a ciertos sitios de Internet, censurar la búsqueda en la Red de palabras o nombres de personas u organizaciones disidentes o simplemente suspender temporalmente el servicio de telefonía celular. Todo esto sigue pasando, pero las tiranías también aprenden y los Gobiernos autoritarios ya no son los cibertontos que eran tan sólo hace un par de años. La nueva sofisticación en el uso de Internet con fines represivos es espeluznante. El Gobierno chino cuenta con 280.000 personas dedicadas a identificar chats donde se discuten temas que el régimen cree inconvenientes. Estos funcionarios intervienen en los chats presentándose como simples participantes. Pero su misión es la de sabotear la conversación, introduciendo otros temas, confundiéndola o abrumándola con una avalancha de mensajes. El Gobierno les paga 50 centavos chinos por cada palabra que escriben. En Rusia, el Kremlin financia nuevas empresas de Internet que diseminan mensajes de apoyo al régimen o que sabotean los sitios en la Red que lo critican. Recientemente, un jefe policial en Moscú reconoció que él y sus colegas son ávidos lectores de los mensajes en Twitter. "Eso nos permite enterarnos de lo que está pasando, quién está diciendo qué, conocer sus planes y reaccionar inmediatamente", dijo.

Internet ha dado más posibilidades y aumentado la agilidad de los activistas democráticos, pero también les ha dado nuevos y poderosos instrumentos represivos a los regímenes autoritarios. Según Morozov, "el activismo en Internet es más fácil de estudiar y controlar que el activismo físico y en la calle. ¿Cuál es la ventaja de lograr, gracias a una convocatoria vía Twitter, que 100 jóvenes activistas iraníes se concentren en una plaza a protestar si el Gobierno lee esos mismos mensajes y así se entera de quiénes son estos jóvenes?". Además, los Gobiernos hoy pueden comprar las más avanzadas tecnologías para intervenir comunicaciones telefónicas o mensajes electrónicos, detectar patrones de conducta y estructuras sociales en la Red, así como penetrar los ordenadores de sus enemigos políticos.

Crecientemente, los activistas internautas terminan apaleados o encarcelados y, sin quererlo, sirviendo de valiosos colaboradores del régimen al suministrarle a través de los mensajes electrónicos interceptados los nombres e intenciones de sus aliados. Los cibertontos de hoy ya no son los Gobiernos autoritarios, sino los activistas cuya pasión por la libertad y desesperación ante los abusos de los tiranos los lleva a fiarse demasiado de la privacidad de sus comunicaciones vía Internet. ¿Y el Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio? Es la iniciativa en Facebook de la policía religiosa de Arabia Saudí.



Chantaje en Vigo

Arturo Pérez Reverte, XLSemanal - 06/12/2009

Vigo. O sea, Galicia. España. Estado moderno -dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas-. Democracia constitucional con supuestos derechos y libertades de cada cual. En mi casa mando yo, resumiendo. Y mi amigo Manolo, que es un ingenuo y se lo cree, necesita cubrir un puesto de auditor. Es una oferta seria y bien remunerada. Así que publica un anuncio en la prensa local: «Se necesita auditor para empresa solvente». Y empieza el circo. 
La cosa se encarna en inspectora de Trabajo y Asuntos Sociales, con todas sus letras. Hola, buenas, dice la pava. ¿Cómo es que solicitan ustedes un auditor, y no un auditor o una auditora? Mi amigo, que es hombre culto, conoce las normas de la Real Academia en particular y de la lengua española en general, y no trinca de la corrección política ni de la gilipollez pública, como otros, argumenta que auditor es masculino genérico, y que su uso con carácter neutro engloba el masculino y el femenino desde Cervantes a Vargas Llosa, más o menos. No añade, porque es chico educado y tampoco quiere broncas, que no es asunto suyo, ni de su empresa, que una pandilla de feminazis oportunistas, crecidas por el silencio de los borregos, la ignorancia nacional y la complicidad de una clase política prevaricadora y analfabeta, necesite justificar su negocio de subvenciones e influencias elevando la estupidez a la categoría de norma, y violentando a su conveniencia la lógica natural de un idioma que, aparte de ellas, hablan cuatrocientos millones de personas en todo el mundo. Olvidando, de paso, que la norma no se impone por decreto, sino que son el uso y la sabiduría de la propia lengua hablada y escrita los que crean esa norma; y que las academias, diccionarios, gramáticas y ortografías se limitan a registrar el hecho lingüístico, a fijarlo y a limpiarlo para su común conocimiento y mayor eficacia. Porque no es que, como afirman algunos tontos, las academias sean lentas y vayan detrás de la lengua de la calle. Es que su misión es precisamente ésa: ir detrás, recogiendo la ropa tirada por el suelo, haciendo inventario de ésta y ordenando los armarios. 
Pero volvamos a Vigo. A los pocos días de la visita de la inspectora mentada, Manolo recibe un oficio, o diligencia, donde «se requiere a la empresa la subsanación de las ofertas vigentes y la realización de las futuras o bien en términos neutros, o bien referida simultáneamente a trabajadores de ambos sexos». Dicho en corto -aparte la ausencia de coma tras futuras y la falta de concordancia de referida-: o en el futuro pide auditor o auditora, con tres palabras en vez de una, en anuncios que se cobran precisamente por palabras, o deberá atenerse a las consecuencias. Y a mi amigo, claro, se lo llevan los diablos. «O es un chantaje feminista más -se lamenta-, o mi anuncio despista de verdad, y algunas mujeres ignorantes o estúpidas creen que no pueden optar a ese puesto de trabajo. Lo que sería aún más grave. Si lo que tanta idiotez de género ha conseguido es que, al final, una mujer crea que ofrecer un trabajo de auditor es sólo para hombres y no para ella, todo esto es una puñetera mierda.» Etcétera. 
El caso es que, resuelto a defender su derecho de anunciarse en correcto castellano, Manolo se pone en contacto con los servicios jurídicos del Ministerio de Igualdad, donde una abogada razonable, competente y muy amable -lo hago constar para los efectos oportunos-, le dice que, con la ley de Igualdad en la mano, la inspectora de Vigo «puede haber creído detectar» discriminación en el anuncio, y que la empresa se expone a una sanción futura si no rectifica. «¿Entonces, la legalidad o ilegalidad de mi anuncio depende de la opinión particular de cualquier funcionario que lo lea, por encima de la Real Academia Española?», pregunta Manolo. «Más o menos», responde la abogada. «¿Y qué pasaría si yo recurriese legalmente, respaldado por informes periciales de lingüistas o académicos?», insiste mi amigo. «Pasaría -es la respuesta- que tal vez ganase usted. Pero eso dependería del juez.» 
Es inútil añadir que, ante la perspectiva de un procedimiento judicial de incierto resultado, que iba a costarle más que las dos palabras suplementarias del anuncio, Manolo ha cedido al chantaje, y lo de auditor a secas se lo ha comido con patatas. «Auditor, auditora y auditoro con miembros y miembras», creo que pone ahora. Con mayúsculas. Tampoco está el patio para defensas numantinas. Esto es España, líder de Europa y pasmo de Occidente: el continuo disparate donde la razón vive indefensa y cualquier imbecilidad tiene su asiento. Como dice el pobre Manolo, «lo mismo voy a juicio, colega, me toca una juez feminista y encima me jode vivo». Intento consolarlo diciéndole que peor habría sido, en vez de auditor, necesitar otra cosa. Un albañil, por ejemplo. O albañila.



¿Dónde está Bibiana Aído?

EDURNE URIARTE

Jueves , 22-04-10


La izquierda tiene con el velo una confusión parecida a la de Evo Morales con la calvicie y la homosexualidad, «males» que el presidente boliviano atribuye a las hormonas femeninas del pollo de las grandes explotaciones industriales. Como la izquierda atribuye el velo a la «identidad», a la sagrada identidad de todos aquellos que no sean ni españoles ni católicos.

Ya dijo recientemente un editorial de un importante medio socialista que la identidad nacional (la de los europeos) es un asunto de la extrema derecha. De ahí que la identidad musulmana sea un asunto suyo, cree la izquierda. Para lo que está incluso dispuesta a oponerse a toda la movilización de las mujeres demócratas en todo el mundo musulmán en contra de su discriminación. Y a confundir el velo con el derecho a la identidad como la homosexualidad con las hormonas del pollo.

Por eso un desorientado ministro Gabilondo defiende la prioridad del derecho a la educación de la joven del velo. Algo que jamás proclamaría si lo que la joven llevara en la cabeza fuera un símbolo nazi. O un símbolo de esclavitud. Pero sí un símbolo de sumisión de la mujer al hombre, como piensa la inmensa mayoría de las mujeres liberales y de izquierdas del mundo musulmán, sin que muchos europeos, la izquierda española, por ejemplo, se dignen a apoyarlas. Por aquello de la identidad de la minoría musulmana fundamentalista en Europa, que es la misma de los dictadores que reprimen a las mujeres en Irán y en tantos lugares del mundo.

Proclamó Bibiana Aído hace dos años que «las tradiciones culturales que no respetan a la mujer no han de ser respetadas». Pero le cayó un rapapolvo de De La Vega y desde entonces huye de la defensa de la igualdad de las mujeres musulmanas como de la peste, como ayer en el Congreso. Que se las arreglen, como los homosexuales y calvos con Evo Morales.





Contra mujeres tapiadas ANTONIO LUCAS

Sarkozy, que de todo hace oficio y melodía de novedad, impulsa en Francia una ley que sancionará con 750 euros a las mujeres que vayan por la calle «completamente enmascaradas». O sea, tapiadas por la patología textil de un burka o similares. Lo dijo bien la otra mañana el director de Factual (ya saben, Arcadi Espada), en su columna de EL MUNDO.es: «Detrás de cada burka hay un delito». Y nos atreveríamos a añadir: y sobre todo delante, que es donde está el devoto talibán imponiendo modestia y sumisión con el candado de un sayo, con la sepultura azul de esa sastrería psíquica. El burka no es un abalorio, sino una puta clausura, sordera y ceguera impuestas, el escaparatismo siniestro de la anulación de las mujeres. El burka y derivados es también una bandera. Una forma de hacer patria agusanada, humillando a la mujer porque arrastra no sé qué delito por dentro. Aquí no se trata de libertad religiosa -qué concepto tan exótico-, sino de Derechos Humanos -que, mira tú, están muy por encima de las religiones-. No ofende el crucifijo en el pecho como no ofende el velo en el parque. Cada cual con su merchandising. Ambos objetos son neones de la fe, veladuras que no velos. Pero lo del burka es cosa de otra categoría. De este modo, monsieur Sarkozy, tan eléctrico y vistoso, acierta con la propuesta. Una medida razonable que no encierra anti islamismo, sino anti primitivismo, evitar la condena de un ser reducido a bulto, difuminado hasta la nada. Aquí también hubo un rastro de burkas de otro modo, los negros velos del nacional catolicismo, las oscuridades espesas de La casa de Bernarda Alba, los lutos feroces, los cuerpos sellados. No hace tanto. Pero ésa es otra historia. Distinta a la del pasado mes de octubre, cuando Fátima fue a testificar ante el juez Gómez Bermúdez en la Audiencia Nacional encriptada de pies a cabeza. Se suspendió la vista: «Viendo su rostro, yo puedo ver si me miente o no, si le sorprende alguna pregunta o no», adujo el ropón. Pero en verdad quería decir que sólo viendo su rostro ambos estaban bajo el mismo amparo de igualdad, en el mismo código legal. Una cara oculta encierra inevitablemente una sospecha, un lenguaje imposible. La risa y el llanto, la identidad, el placer y el pecado van siempre en la jeta. La cabeza es un mapa muy democrático.



O velo o ciudadanía

GABRIEL ALBIAC

Miércoles , 21-04-10


SER esclavo voluntario es potestad del individuo libre. O que cree serlo. En una sociedad que garantiza su libre opción dentro de que la ley marca. A todos. Se requiere sólo mayoría de edad. Y no invasión del espacio público. En cuanto a la vida privada de un ciudadano adulto concierne, el Estado no se atribuye potestades.

Es el criterio que prevalece en la ley francesa que excluye el velo de los espacios públicos. Viene precedida por un largo estupor. La República fue alzando su edificio, a lo largo del siglo XIX, sobre el fundamento inviolable que el Abad de Siey_s formulara en Agosto de 1789 ante la Constituyente. «Todos los ciudadanos son iguales ante la ley». Precisamente por ser individualmente distintos. Precisamente, porque sólo ese igual tratamiento puede impedir -o acotar, al menos- la dura tentación de que los derechos de unos sean violados por los otros. Todos los ciudadanos. La mitad que componen las mujeres, hubo de perseverar duramente a lo largo de un siglo, para ser incluida en esa universal ciudadanía. Sin limitaciones. A pesar de la lucha desesperada de mujeres como Théroigne de Méricourt desde el inicio del 1789 revolucionario, sólo ya en los años de entreguerras del siglo XX esa universalidad legal fue un hecho. En Europa. En la Europa del otro lado del Atlántico que son los Estados Unidos y Canadá. En Australia. Y se acabó. Para el resto del planeta, con diversos matices, las mujeres siguen siendo animales domésticos más o menos privilegiados. Pero ninguna religión ha teorizado eso en modo más atroz que el Islam. Desde su origen.

¿Puede una mujer adulta aceptar ser sierva en una sociedad libre? ¿Puede hacerlo un varón? Sí. En pleno derecho. Baste la lectura del barón Von Sacher Masoch o la de Pauline Réage (alias de la bien poco sumisa Dominique Aury, todopoderosa secretaria de la NRF) para entenderlo. Cualquier juego pactado entre adultos es estanco a la tutela del Estado. Que una mujer (o un varón) decidan pasearse por su domicilio con una cadena al cuello, un chador, yihab o burka, una bola de presidiario y un paso por detrás del cónyuge, sólo a los afectados concierne. Nada dirá el Estado sobre eso. Si pretende perseverar en la garantía democrática.

Pero una mujer (o un varón) adultos exhibidos como animal diversamente despreciable por otro de su especie en el espacio público, perpetran un delito que la ley regula.

Pero la aplicación sobre un menor de simbologías de esclavitud, ya sea pública, ya privada, es un delito, uno de los más graves que puede cometer, a los ojos de la ley democrática, un adulto. Si el adulto es un padre, eso entraña la desposesión de su patria potestad. Inmediata.

Las adultas francesas (como los adultos franceses) podrán llevar, allá donde no afecten a la vida pública, el atuendo y actitud que buena o malamente se les antojen. No en aquellos lugares que paga el dinero ciudadano: hospitales, centros de enseñanza, administración... Tengan la edad que tengan. En cuanto a las niñas (como en cuanto a los niños), el Estado tutela que ninguna supresión -ni material ni simbólica- de su integridad ciudadana sea tocada. Por nadie. No hay padre que tenga el derecho de trocar a su hijo o hija en bestia.

No, el hiyab -como las otras variantes del velo islámico- no es ornamento ni atuendo. Es signo litúrgico. Que dice lo que dice. Lo que el Libro al cual debe fe el musulmán dicta: la propiedad sobre la hembra del varón. En suma, lo anticiudadano. Eso prohíbe la nueva ley francesa. Nadie puede, en la República, desposeer a nadie de la condición ciudadana. Ni de sus símbolos. O velo o ciudadanía. No ambos.



Manuel Vicent, “Herederos”.



Desde el inicio de la historia han sido los artistas y los literatos, no los soldados ni los políticos, quienes han formado la sustancia íntima de una patria y han contribuido a que esa patria perdure en la memoria de las generaciones futuras. La Grecia clásica, y también la moderna, debe mucho más a Sócrates, a Platón y a Aristóteles, que a Pericles y a Epaminondas. La esencia de la antigua Roma radica en Virgilio, en Horacio y en Ovidio, no en Nerón, y sólo por ellos amamos todavía a Italia. Si a uno le queda cierto rescoldo de orgullo de ser español se debe a que en este solar tan inhóspito y cainita han nacido la Celestina, Cervantes, Quevedo, Velázquez, Goya y Pío Baroja. Por otra parte, toda Inglaterra puede resumirse en el nombre de Shakespeare, lo mismo que Francia equivale a Molière, Alemania a Goethe y Praga es inseparable de Kafka. Las escrituras de propiedad de predios y fincas, muchos de ellos robados o adquiridos fuera de ley, se han trasmitido de padres a hijos sin ninguna traba a lo largo de los siglos y los aristócratas de hoy, en muchos casos unos simples cantamañanas, heredan el título nobiliario de sus antepasados en legajos polvorientos. En cambio, los descendientes de Cervantes, de Shakespeare, de Goethe, figuras que dieron todo el prestigio y la memoria perdurable a una nación, se han esfumado en el aire sin un adarme de beneficio, ni siquiera moral. La propiedad intelectual se extingue a los 70 años de la muerte del autor y pasa a un acervo cultural, del que puede beneficiarse todo el mundo. En este caso se trata sólo de constatar el hecho de que el arte y la creación literaria han tenido tan poca estima en códigos y notarías, siendo así que El Escorial quedará en ruinas antes de que Don Quijote deje de cabalgar en el espíritu de la humanidad y que en el palacio de Buckingham crecerá hierba hasta la rodilla, mientras Hamlet seguirá vivo. Cuando más sañudos hayan sido algunos políticos, militares y aristócratas, sin otro mérito que el de haber contribuido al derramamiento de la sangre de sus ciudadanos, más reconocimientos y prebendas han dejado a sus herederos; por el contrario, si existe algún descendiente de Cervantes puede que esté encargado de subir la palangana en algún prostíbulo, como su abuelo.



El velo turco

Ignacio Camacho

Viernes , 23-04-10


SÓLO cuatro meses tardó el Tribunal Constitucional en vetar una ley que permitía a las mujeres el uso del velo musulmán en las universidades públicas. ¿En España? Qué va: ¡en Turquía! Un país donde hay algunos musulmanes más que en Celtiberia, pero donde el viejo Estado laico de Kemal Ataturk se empeña en prevalecer ante los empujes del islamismo. Ocurrió en junio de 2008, dos años antes de que la Federación Musulmana de España anunciase -ayer- su decisión de recurrir ante el TC la prohibición del hiyab en un colegio español de Pozuelo. Quizá se trate de una medida atinada: dejar que los intérpretes supremos de la Constitución decidan sobre un debate que divide a la sociedad española sin que el Gobierno, más preocupado por la presencia escolar de los crucifijos, sepa encontrar el modo de regularlo. En una cosa nos llevan ventaja a priori los turcos: su Alto Tribunal trabaja con algo más de premura que el nuestro.

En la polémica del velo no caben las posiciones viscerales ni maximalistas, ni menos ese expeditivo arbitrismo tan propio del español medio, porque se trata de una cuestión que tiene que ver con la libertad religiosa y la integración sociocultural. La propia Iglesia católica se mide con cautela en el asunto, temerosa de que la controversia acabe zanjada por las bravas en su perjuicio. El feminismo igualitario se siente incómodo en el debate; su tendencia comprensiva del multiculturalismo choca con la evidente segregación que la prenda supone hacia la condición femenina. Sea velo, pañuelo o tocado, indica sumisión de la mujer hacia su marido o su padre y ese fondo discriminatorio no puede separarse de su utilización como simple costumbre indumentaria. Por tanto es una cuestión que afecta al concepto mismo de ciudadanía democrática, y en su permisión o prohibición hay que ponderar el alcance de un choque de derechos con la libertad de culto.

Estando de por medio el Gobierno de Zapatero cabe colegir que la discusión desemboque en una vuelta de tuerca de sus proyectos laicistas. En este punto van a chocar muchas sensibilidades y diferentes opiniones -ahí va la mía: en caso de duda o conflicto, el espacio público debe ser neutral y por tanto despojarse de cualquier contenido simbólico de parte-, por lo que se avecina un litigio de conciencias de los que más le gustan al zapaterismo. Raro será que los socialistas no aprovechen para cargar la suerte contra las tradiciones cristianas. Por eso, y ante la falta de consenso para establecer una regulación política, puede ser una solución razonable que se pronuncie el Constitucional, si sus señorías encuentran tiempo en medio de sus arduos debates estatutarios. Es un asunto importante que va más allá de anécdotas y episodios; hay un modelo de sociedad en juego. Algunos ciudadanos envidiamos al respecto el sistema francés, pero en tanto nos ponemos de acuerdo nos podríamos conformar con el modelo turco.



Bochorno

FÉLIX MADERO


RODEADOS como estamos de organismos ineficaces, resulta estimulante la existencia de la figura del Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid. Hasta donde sé, la gran mayoría de autonomías prescinden de un servicio como este, que en Madrid es ejemplar. Qué más da, pensarán, hasta que los menores no crezcan y voten, todo puede esperar. Conozco a los dos Defensores que por ahí han pasado. El trabajo de Javier Urra resultó excelente en el impulso de leyes y protocolos en favor de la infancia que más sufre. Lo mismo pienso del actual. Arturo Canalda ha dicho basta. El Defensor es persona paciente y reflexiva, pero debe de estar harto de ver cómo la farándula de más baja estofa utiliza en su beneficio a sus vástagos. Por eso ha pedido a la Fiscalía que investigue si la ex de un torero mediocre está exponiendo a su hija hasta el punto de vulnerar su intimidad. La infancia como mercancía. Desde aquel atribulado personaje del Madrid maldito del XIX que, con el ataúd de su hijo bajo el brazo, pedía por tabernas y tugurios para poder enterrarlo a lo de hoy hay sólo un salto en el tiempo, pero nada más. Uno abría la pequeña caja para enseñar el cadáver amarillento y apestoso de un bebé a cambio de unas monedas. Estos de ahora pillan el cheque y directos al plató.

Canalda no está sólo para defender la infancia que sufre violencia, abandono y enfermedad. Hay un tipo de infancia silente y aparentemente normal que resulta igualmente desgraciada. Probablemente no lo saben, porque crecen en un mundo de oropeles, ausente de valores, pero suficiente en lo económico. Un mundo donde la notoriedad cutre y vomitiva termina comiéndose al personaje. Conocen la fama, no la reputación. Su nombre debiera ser Nadie, como Ulises en la Odisea. Pero no, son alguien para nosotros y para las televisiones, que fían sus subidas de audiencia a un mundo miserable y patán.

Canalda ha abierto un debate que va más allá de la protección de una niña. El Defensor nos interroga por las razones por las cuales una madre ágrafa y procaz y su hija suscitan nuestro interés. Nos interroga por la forma en que han entrado en nuestras vidas siendo como son humo, nada. La fama de la señora en cuestión se fundamenta en la ordinariez y el mal gusto. ¿Nos hace gracia? Será que eso es lo que deseamos pero no nos atrevemos a ser. Admiramos el disparate pero siempre que lo podamos ver en otro. Mientras tanto, millones de españoles complacientes se sientan ante la televisión y ven cómo pasa la vida. Mejor dicho, cómo ese aparato peligroso y absurdo nos la roba. También a una niña convertida en mercancía mediática, circo y espectáculo. Ya lo verán: no saldrá gratis.



Juan Manuel de Prada, “Celibato y pederastia”.

Si mañana se declarase una plaga que asolase un continente entero y se descubriera que en una región determinada cuyos pobladores practican la dieta vegetariana tal plaga también se ha declarado, aunque con mucha menor virulencia, a nadie en su sano juicio se le ocurriría deducir que si la plaga no ha respetado a los pobladores de dicha región es precisamente porque son vegetarianos. Por el contrario, se deduciría que la dieta vegetariana, aunque no inmunice contra el contagio, lo hace mucho más improbable; y se concluiría que, si unos pocos pobladores de dicha región han caído víctimas de la plaga que devasta el continente entero, es más bien porque los hábitos alimenticios menos saludables de regiones limítrofes han corrompido la dieta tradicional que los pobladores de dicha región habían mantenido inalterada durante siglos. Y, para combatir la plaga, no se condenaría la dieta vegetariana, sino que, por el contrario, se trataría de deslindar cuáles son los hábitos alimenticios menos saludables que fomentan su propagación.
A nadie se le escapa que nuestra época padece una plaga de magnitud creciente llamada pederastia. No hay semana en que no leamos en la prensa que se ha desarticulado una red de pornografía infantil; no hay semana en que no sepamos de niños que han sufrido abusos perpetrados por adultos sin escrúpulos, con frecuencia familiares suyos. Y, mientras la plaga arrecia, descubrimos que también se ha extendido, aunque con mucha menor virulencia, entre los sacerdotes católicos: así, por ejemplo, en Alemania, de las 200.000 denuncias de abusos infantiles realizadas desde 1995, sólo 94 afectan a ministros de la Iglesia. De lo cual habría de deducirse, en estricta lógica, que el celibato, si no inmuniza contra la pederastia, la hace mucho más improbable; y también que si unos pocos sacerdotes han incurrido en tan aberrante crimen es más bien porque la plaga que padece nuestra época se ha infiltrado en la Iglesia, corrompiendo con sus hábitos perniciosos lo que estaba más sano que el resto. Y, en nuestra lucha contra la pederastia, lejos de condenar el celibato, trataríamos de deslindar cuáles son esos hábitos perniciosos que se enseñorean de nuestra época.
Pero en la campaña feroz que en estos días se promueve contra la Iglesia nada se rige por el «sano juicio». Y, así, se establece una relación directa entre celibato y pederastia que la estricta lógica repudia; pero ya se sabe que cuando el misterio de iniquidad anda suelto, la estricta lógica es vituperada, escarnecida y sepultada por el odio. Establecer una asociación entre celibato y pederastia es tan desquiciado como establecerla entre ayuno y triquinosis. De una persona que infringe el ayuno que a sí misma se ha impuesto podremos predicar que carece de fuerza de voluntad, o de convicción; pero si esa persona que infringe el ayuno enferma de triquinosis habremos de concluir, inevitablemente, que le gusta comer cerdo. De un sacerdote que infringe el celibato podremos predicar que las debilidades de la carne ejercen sobre él un imperio más fuerte que la lealtad a sus votos; pero si un sacerdote abusa de un niño habremos de concluir, inevitablemente, que padece una desviación sexual. Sacerdotes débiles, infractores del celibato, los ha habido siempre, como queda testimoniado en la obra de Lope de Vega o del Arcipreste de Hita; pero su debilidad la han satisfecho con mujeres. Los escasos sacerdotes que abusan de niños no lo hacen porque su sexualidad esté reprimida por el celibato, como desquiciadamente pretenden los promotores de esta campaña feroz, sino porque su sexualidad está desviada. En la misma dirección, por cierto, que nuestra época aplaude y estimula y promueve, aunque luego se rasgue farisaicamente las vestiduras cuando tal desviación se ensaña con la infancia.





Javier Marías, “¿Hay quien dé más?”

En estos días, no pocos portavoces católicos se preguntan con desgarro por qué se hace hincapié en los casos de pederastia protagonizados por curas, cuando esa práctica aberrante se da en todas las profesiones. El beato Prada, en un artículo de Abc particularmente farisaico, venía a decir, incluso, que en una sociedad enferma como la nuestra es natural que se contagien –pobrecillos– hasta algunos de los más virtuosos, una verdadera minoría en el conjunto de la población pecadora, haciendo caso omiso de que los sacerdotes siempre son una minoría en ese conjunto –y cada vez más–, y que el porcentaje de sus depravados resulta escandalosamente alto respecto a la totalidad del clero, que es como debe medirse y no respecto a la suma de los ciudadanos. (Y lo que ha salido a la luz lo ha hecho, además, contra presiones y omertà forzosa.) Sus palabras, como tantas otras veces, parecían dictadas por la Conferencia Episcopal, y en concreto por el Cardenal Cañizares, quien ha tenido el cinismo de armar que las noticias relativas a los abusos sexuales de menores perpetrados por religiosos no sólo no le preocupan en demasía, sino que son meros “ataques” que pretenden que “no se hable de Dios, sino de otras cosas”, como si hablar de cualquier asunto impidiera hacerlo de Dios (tal vez aspire a eso, a que nadie hable de nada … más que él y los suyos de Dios). El Secretario de Estado Vaticano ha declarado por su parte que “Hay personas que intentan desgastarnos”. Es de suponer que esas “personas” están encabezadas por los niños que, en silencio y temor, sufrieron manoseos y violaciones a cargo de sus custodios, y que, ya adultos y con menos pánico, se atreven ahora a levantar sus quejas. Pero quizá la reacción más taimada ha sido la del propio Papa, quien ha quitado importancia a esos abusos recurriendo a la cita evangélica “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, como si su Iglesia no llevase siglos tirando piedras contra todos los pecadores (según su criterio), aterrorizándolos con la amenaza del infierno, persiguiendo a disidentes y herejes, quemándolos de vez en cuando, forzándolos a abjurar de sus convicciones, expulsando a los que se desviaban del dogma, imponiendo a creyentes y a no creyentes su fe y su concepción de la moral, obligando a todos a cumplir con sus preceptos, dictando leyes a su conveniencia. ¿Por qué se hace hincapié en los delitos sexuales cometidos por eclesiásticos? Porque éstos llevan la vida entera haciendo hincapié en los “pecados” de los demás, y han condenado y castigado con dureza sus faltas y debilidades. Porque son ellos quienes en buena medida han decidido qué era delito y qué no. Porque ellos han reclamado secularmente –y en España siguen, hasta donde pueden– la exclusividad en la formación, enseñanza y adoctrinamiento de los niños. Porque a lo largo de la historia han dicho o exigido a los padres: “Entregadnos a vuestros vástagos, somos lo mejor para ellos”. Hasta quienes tuvimos la suerte de no ir a colegios religiosos en la clerical España de Franco sabemos que los tocamientos por parte de profesores con sotana estaban a la orden del día, y que legiones de críos los padecían sin poder rechistar. La imagen del cura vergonzantemente sobón o salido formaba parte del paisaje nacional (y supongo que en algunos internados la actitud ya no era vergonzante, sino indisimulada y aun descarada). Los religiosos no podían ser denunciados ante la justicia y obraban impunemente, y, como se ha comprobado ya en Irlanda, Estados Unidos, Austria, Alemania, Italia (el fenómeno se repite acusatoriamente), sus superiores, por lo general intolerantes con la población, eran en cambio tan tolerantes con sus subordinados viciosos que nunca los castigaban ni exponían ante la sociedad: los encubrían y se limitaban a trasladarlos de lugar, para que en el nuevo prosiguieran o reiniciaran, libres de sospecha, sus carreras delictivas. ¿Es culpa del celibato? Puede ser, en parte. Pero si uno piensa en la mentalidad de un pederasta, es fácil imaginar que éstos optaran por adscribirse a la Iglesia en masa, por las enormes ventajas que les ofrecía: acercanza de los niños y permanente contacto con ellos; su obediencia asegurada y autoridad moral sobre sus creencias; lenidad o connivencia de la jerarquía; impunidad garantizada, como la tuvo el fundador de los Legionarios de Cristo, Maciel, durante décadas; certeza de que jamás irían a dar con sus huesos en la cárcel, por mucho que se propasaran con las criaturas. Esta institución ha sido, sin duda alguna, el ideal del pederasta vocacional: gozaba de patente de corso a su amparo y le ponía bien a tiro a sus víctimas. Visto lo visto, confiar un hijo a los curas ha venido a ser como poner el gallinero al cuidado de una guardia infiltrada de zorros. No quiero decir que todos los sacerdotes sean sospechosos, en modo alguno. Pero es indudable que la Iglesia ha sido tradicionalmente no ya un magnífico refugio para los pederastas, sino el ámbito en que éstos han podido desenvolverse a sus anchas y sin peligro, y en el que sus posibles presas les eran servidas en bandeja o en patena. Cuando un eclesiástico comete abusos sexuales contra menores, claro que se hace hincapié en ello: porque ese acto encierra varias bajezas añadidas: abuso de confianza y de poder, manipulación de inocentes, aprovechamiento de posición dominante, doble rasero, hipocresía flagrante, profanación y prevaricación, corrupción y chantaje morales, amedrentamiento de la víctima cuando no su terror... En fin, ¿hay quién de más?



Javier Marías, “Esos saberes irrelevantes”.

En algún lugar vi la noticia, un breve, una curiosidad, una anécdota sin importancia. Lamenté que fuera tan escueta, me habría gustado conocer más detalles del asunto, no tan baladí para mí como para quienes lo recogieron. Al parecer, una joven española, aspirante a ganar el certamen "Reina Hispanoamericana 2009", al preguntársele por el año en que Colón descubrió América, contestó que "en 1780". Da curiosidad saber por qué diablos eligió esa fecha disparatada, en vez de responder "No lo sé", que habría resultado más disculpable. ¿Por qué 1780? ¿Cómo creerá la joven que era el mundo en ese año? ¿Sabrá que pertenece al siglo XVIII o ni siquiera le habrán enseñado cómo calcular los siglos? ¿Sabrá lo que es un siglo? Si hubiera dicho "1789", podríamos pensar que se confundió de fecha célebre. Pero, ¿1780? En verdad un arcano. La noticia añadía algo, quizá más sintomático y revelador todavía: se conoce que a la muchacha le quisieron sacar los colores por su metedura de pata en un programa de TVE, pero ella se defendió con desparpajo y afirmó: "Es irrelevante saber eso". Es fácil no conceder importancia a la cosa y consolarse con la asentada idea de que todas las misses y aspirantes a tales son ignorantes por definición y tontas de baba. Sus grititos, sus llantos y sus obviedades han sido parodiados hasta la saciedad en películas y programas de humor. ¿Qué se puede esperar de una miss? Ya se sabe. Pero la joven en cuestión era probablemente una chica normal hasta hace cuatro días. Habrá ido al colegio como cualquiera, y quién sabe si no habrá terminado su bachillerato o su ESO o como quiera que se llame ahora. Habrá llegado a sus dieciocho o veinte años con alguna instrucción, y la prueba es que le viene a la cabeza la palabra "irrelevante", algo que en nuestro tiempo no está al alcance de todos. Yo me temo que sus dos respuestas, la de 1780 y la de la irrelevancia, las podrían haber dado numerosos jóvenes que nada tuvieran que ver con concursos de belleza y no pocos adultos actuales, entre ellos, sin duda, algunos de los periodistas televisivos que le quisieron sacar los colores, sólo que a ellos no se les hacen esas difíciles preguntas con cámaras delante. "Es irrelevante saber eso". En cierto sentido no le falta razón a la candidata a "Reina", porque lo mismo opinaron, a buen seguro, cuantos profesores tuvo en su vida y los responsables de Educación -gubernamentales y autonómicos- de las últimas dos o tres décadas, que han hecho todo lo posible por convertir a España en una sociedad de iletrados, de ignorantes ufanos de su ignorancia, de primitivos duchos en tecnología; así como un buen número de progenitores, que se han dedicado a exigir a los docentes que enseñen a sus vástagos "cosas prácticas", que les sirvan para ganarse la vida en el futuro, y no pierdan el tiempo con lo "irrelevante". ¿Sirve de algo el latín, una lengua cadáver? ¿Sirven las matemáticas, cuando tenemos calculadoras que nos dan el resultado de cualquier operación en el acto? ¿Sirven la gramática, la sintaxis y la ortografía, si da lo mismo cómo se hable y se escriba? ¿Sirve conocer la historia, si basta con buscar en Internet para averiguar al instante quién fue tal personaje o qué pasó tal año? ¿Sirve la geografía, si cogemos aviones que nos trasladan a cualquier sitio en unas horas y nos trae sin cuidado el trayecto? ¿Sirve algo de algo? ¿Y qué es, pues, "lo práctico"? Tal vez sólo aprender a manejar el ordenador y la calculadora. En realidad, ¿para qué es necesario ir a la escuela? ¿Para tener una idea del mundo, del pasado de la humanidad, de la historia del arte y de las religiones, de la evolución de las ciencias, de nuestra anatomía, de los textos que se han escrito, de la multiplicación y la división y la suma y la resta, del círculo y el triángulo? Nada de eso es "práctico" ni ayuda a ganarse la vida, no digamos a ser Reina Hispanoamericana. Y sin embargo ...La educación no son sólo conocimientos y datos. Es parte esencial de lo que solía llamarse "formación", esto es, la conversión de los individuos en personas, no en seres animalescos que caen en el mundo sin tener noción de lo que hubo antes que ellos, incapaces de asociar dos hechos, de distinguir entre causa y efecto, de articular dos frases inteligibles, de pensar y razonar, de comprender un texto simple. Esta es la clase de ser que cada día abunda más en nuestra sociedad intelectualmente rudimentaria. El problema es que, por algún misterio, a la postre esos seres no resultan "prácticos" ni se pueden ganar la vida, la vieja aspiración de sus ya embrutecidos padres. No es raro ver en la televisión a jóvenes y no tan jóvenes que dicen en estos tiempos de crisis: "Yo no quiero estudiar, lo que quiero es que me den un trabajo para ganar dinero". A menudo tienen tal pinta de cabestros que me descubro pensando con pena: "Pero, hombre de Dios, ¿cómo te va a dar nadie un trabajo si es obvio que no te han enseñado nada y que aún no sirves ni para pegar un sello? Si yo fuera un empresario, no te contrataría". Me temo que los que lo sean pensarán otro tanto: "No necesito a un animal tecnológico, que sepa darle a las teclas según se le ordene, pero sin tener ni idea de lo que hace. No necesito a una persona incompleta. Tráiganme a alguien civilizado, con conocimientos irrelevantes, de los que permiten desenvolverse en el mundo".



 

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