Escuela de Arte y Superior de Diseño Gran Canaria

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ejemplos de narrativa de posguerra

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" Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los
mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si
fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se
les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los
cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la
cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por
defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes
que después nadie ha de borrar ya. "
La Familia de Pascual Duarte (fragmento)

 

" Quizá me ocurra esto porque he vivido siempre con seres demasiado normales y satisfechos de ellos
mismos. Estoy segura de que mi madre y mis hermanos tienen la certeza de su utilidad indiscutible en este
mundo, que saben en todo momento lo que quieren, lo que les parece mal y lo que les parece bien… Y que
han sufrido muy poca angustia ante ningún hecho.
(...)
Me compensaba el trabajo que me llegaba a costar poder ir limpia a la Universidad, y sobre todo parecerlo
junto al aspecto confortable de mis compañeros. Aquella tristeza de recose los guantes, de lavar mis blusas
en el agua turbia y helada del lavadero de la galería con el mismo trozo de jabón que Antonia empleaba
para fregar sus cacerolas y que por las mañanas raspaba mi cuerpo bajo la ducha fría.
(...)
De todas maneras, yo misma, Andrea, estaba viviendo entre las sombras y las pasiones que me rodeaban. A
veces llegaba a dudarlo.
Aquella misma tarde había sido la fiesta de Pons. Durante cinco días había yo intentado almacenar
ilusiones para esa escapatoria de mi vida corriente. Hasta entonces me había sido fácil dar la espalda a lo
que quedaba atrás, pensar en emprender una vida nueva a cada instante. Y aquel día yo había sentido como
un presentimiento de otros horizontes.
Mi amigo me había telefoneado por la mañana y su voz me llenó de ternura por él. El sentimiento de ser
esperada y querida me hacía despertar mil instintos de mujer; una emoción como de triunfo, un deseo de ser
alabada, admirada, de sentirme como la Cenicienta del cuento, princesa por unas horas, después de un
largo incógnito. Me acordaba de un sueño que se había repetido muchas veces en mi infancia, cuando yo
era una niña cetrina y delgaducha, de esas a quienes las visitas nunca alaban por lin- das y para cuyos
padres hay consuelos reticentes.
Esas palabras que los niños, jugando al parecer absortos y ajenos a la conversación, recogen ávidamente:
«Cuando crezca, seguramente tendrá un tipo bonito», «Los niños dan muchas sorpresas al crecer»...
Dormida, yo me veía corriendo, tropezando, y al golpe sentía que algo se desprendía de mí, como un vestido
o una crisálida que se rompe y cae arrugada a los pies. Veía los ojos asombrados de las gentes. Al correr al
espejo, contemplaba, temblorosa de emoción, mi transformación asombrosa en una rubia princesa —
precisamente rubia, como describían los cuentos—, inmediatamente dotada, por gracia de la belleza, con
los atributos de dulzura, encanto y bondad, y el maravilloso de esparcir generosamente mis sonrisas… Esta
fábula, tan repetida en mis noches infantiles, me hacía sonreír, cuando con las manos un poco temblorosas
trataba de peinarme con esmero y de que apareciera bonito mi traje menos viejo, cuidadosamente
planchado para la fiesta. «Tal vez —pensaba yo un poco ruborizada— ha llegado hoy ese día.» "
Nada, Carmen Laforet

 

" A los andaluces les bastaba con su íntimo rencor –nadie más vilipendiado que los andaluces, nadie más
mísero, más pisoteado por el destino y por la llamada madre España- y por supuesto, quienes buscaran en
ellos la alegría se llevarían el mayor chasco, al igual que quienes buscaran en ellos la tragedia. Los
andaluces estaban tristes, eso era todo. Eran fatalistas y tristes, y esperaban su hora, que un día u otro
llegaría, faltaría más. Los madrileños tenían los ojos desorbitados, como al salir de una corrida terminada
antes de tiempo. Cuando se levantaban, no se sabía si iban a imprecar a alguien, a bailar el chotis, o a
pegarse un tiro. Los valencianos, al agruparse, se hundían en una irremediable vulgaridad, lo mismo los
hombres que las mujeres. En cuanto a los catalanes, tal vez fueran los más acobardados, los más
deshechos… Miraban la arena y sobrevaloraban su propio dolor. Nostalgia. ¡Oh sí, Catalunya estaba allí
mismo, al alcance de la mano, y parecía al otro confín de la tierra! Al atardecer, e incluso en el día,
brotaban innumerables y escuálidas hogueras. Conseguir madera o leña constituía una odisea, pues el
reglamento prohibía traspasar las alambradas. De noche era cuando los niños lloraban con más fuerza
persuasiva y cuando los enfermos tosían más. También era de noche –marzo se acercaba- cuando los que en
España tuvieron mando se sentían más ajenos, más extirpados de la realidad que imaginaron perenne. "
Un millón de muertos (fragmento) José María Gironella

 

Don Roque se queda preocupado.
—A mí que no me digan; esto no es serio.
Doña Visi se siente un poco en la obligación de disculparse ante su amiga.
—¿No tiene usted frío, Montserrat? ¡Esta casa está algunos días heladora!
—No, por Dios, Visitación; aquí se está muy bien. Tienen ustedes una casa muy grata, con
mucho confort, como dicen los ingleses.
—Graciac, Montserrat. Usted siempre tan amable.
Doña Visi sonrió y empezó a buscar su nombre en la lista. Doña Montserrat, alta,
hombruna, huesuda, desgarbada, bigotuda, algo premiosa en el hablar y miope, se caló los
impertinentes.
Efectivamente, como aseguraba doña Visi, en la última página de "El querubín misionero",
aparecía su nombre y el de sus tres hijas.
"Doña Visitación Leclerc de Moisés, por bautizar dos chinitos con los nombres de Ignacio y
Francisco Javier, 10 pesetas. La señorita Julita Moisés Leclerc, por bautizar un chinito con
el nombre de Ventura, 5 pesetas. La señorita Visitación Moisés Leclerc, por bautizar un
chinito con el nombre de Manuel, 5 pesetas. La señorita Esperanza Moisés Leclerc, por
bautizar un chinito con el nombre de Agustín, 5 pesetas."
—¿Eh? ¿Qué te parece?
Doña Montserrat asiente, obsequiosa.
—Pues que muy bien me parece a mí todo esto, pero que muy bien. ¡Hay que hacer tanta
labor! Asusta pensar los millones de infieles que hay todavía que convertir. Los países de
los infieles, deben estar llenos como hormigueros.
—¡Ya lo creo! ¡Con lo monos que son los chinitos chiquitines! Si nosotras no nos
privásemos de alguna cosilla, se iban todos al limbo de cabeza. A pesar de nuestros pobres
esfuerzos, el limbo tiene que estar abarrotado de chinos, ¿no cree usted?
-¡Ya, ya!
—Da grima sólo pensarlo. ¡Mire usted que es maldición la que pesa sobre los chinos! Todos
paseando por allí, encerrados sin saber qué hacer...
—¡Es espantoso!
—¿Y los pequeñitos, mujer, los que no saben andar, que estarán siempre parados como
gusanines en el mismo sitio?
—Verdaderamente.
—Muchas gracias tenemos que dar a Dios por haber nacido españolas. Si hubiéramos
nacido en China, a lo mejor nuestros hijos se iban al limbo sin remisión. ¡Tener hijos para
eso! ¡Con lo que una sufre para tenerlos y con la guerra que dan de chicos!
Doña Visi suspira con ternura.
—¡Pobres hijas, qué ajenas están al peligro que corrieron! Menos mal que nacieron en
España, ¡pero mire usted que si llegan a nacer en China! Igual les pudo pasar, ¿verdad,
usted?
Los vecinos de la difunta doña Margot están reunidos en casa de don Ibrahim. Sólo faltan
don Leoncio Maestre, que está preso por orden del juez; el vecino del entresuelo D, don
Antonio Jareño, empleado de "Wagons-Lits", que está de viaje; el del 2° B, don Ignacio
Galdácano, que el pobre está loco, y el hijo de la finada, don Julián Suárez, que nadie sabe
donde pueda estar. En el principal A hay una academia donde no vive nadie. De los demás
no falta ni uno solo; están todos muy impresionados con lo ocurrido, y atendieron en el acto
el requerimiento de don Ibrahim para tener un cambio de impresiones.
En la casa de don Ibrahim, que no era grande, casi no cabían los convocados, y la mayor
parte se tuvo que quedar de pie, apoyados en la pared y en los muebles, como en los
velatorios.
....
Algún hombre ya metido en años cuenta a gritos la broma que le gastó, va ya para el medio
siglo, a Madame Pimentón.
—La muy imbécil se creía que me la iba a dar. Sí, sí... ¡Estaba lista! La invité a unos
blancos y al salir se rompió la cara contra la puerta. ¡Ja, ja! Echaba sangre como un becerro.
Decía: "Oh, la, la; oh, la, la", y se marchó escupiendo las tripas. ¡Pobre desgraciada, andaba
siempre bebida! ¡Bien mirado, hasta daba risa!
Algunas caras, desde las próximas mesas, lo miran casi con envidia. Son las caras de las
gentes que sonreían en paz, con beatitud, en esos instantes en que, casi sin darse cuenta,
llegan a no pensar en nada. La gente es cobista por estupidez y, a veces, sonríen aunque en
el fondo de su alma sientan una repugnancia inmensa, una repugnancia que casi no pueden
contener. Por coba se puede llegar hasta el asesinato; seguramente que ha habido más de un
crimen que se haya hecho por quedar bien, por dar coba a alguien.
—A todos estos mangantes hay que tratarlos asi; las personas decentes no podemos dejar
que se nos suban a las barbas. ¡Ya lo decía mi padre! ¿Quieres uvas? Pues entra por uvas.
¡Ja, ja! ¡La muy zorrupia no volvió a arrimar por allí!
Corre por entre las mesas un gato gordo, reluciente; un gato lleno de salud y de bienestar;
un gato orondo y presuntuoso. Se mete entre las piernas de una señora, y la señora se
sobresalta.
—¡Gato del diablo! ¡Largo de aquí!
El hombre de la historia le sonríe con dulzura.
—Pero, señora, ¡pobre gato! ¡Qué mal le hacía a usted?
La Colmena, Camilo José Cela

 

" El sol sigue tan tranquilo entrando en el departamento y allí se dibuja el Monasterio. Tiene todas sus cinco
torres apuntando para arriba y ahí se las den todas. No se mueve. Tiene piedras alumbradas por el sol o
aplastadas por la nieve y ahí se las den todas. Está ahí aplastadito, achaparradete, imitando a la parrilla
que dicen, donde se hizo vivisección a ese sanlorenzo de nuestros pecados, a ese sanlorenzaccio que sabes, a
ese sanlorenzón a ése que soy yo, a ese lorenzo, lorenzo que me des la vuelta que ya estoy tostado por este
lado, como las sardinas, lorenzo, como sardinitas pobres, humildes, ya me he tostado, el sol tuesta, va
tostando, va amojamando, sanlorenzo era un macho, no gritaba, no gritaba, estaba en silencio mientras lo
tostaban torquemadas paganos, estaba en silencio y sólo dijo -la historia sólo recuerda que dijo- dame la
vuelta que por este lado ya estoy tostado... y el verdugo le dio la vuelta por una simple cuestión de simetría.
(...)
Nacer, crecer, bailar una vez en la fiesta del pueblo delante de la procesión del Corpus con el moño alto,
porque era buena bailarina y se decidió, que sí, que a pesar de todo, a pesar de estar determinada al dolor y
a la miseria por su origen, ella debía bailar ante el palio en la procesión del Corpus, en la que el orgullo de
la custodia a todos los campesinos de la plana toledana salva, hundirse después, hundirse hacia la tierra,
rodear el airoso talle (que la hizo elegir para la fiesta) de tierra asimilada, comida, enterrarse en grasa
pobre, ser redonda, caminar a lo ancho del mundo envuelta en esa redondez que el destino otorga a las
mujeres que como ella han sido entregadas a la miseria que no mata, huir delante de un ejercito llegado de
no se sabe dónde, llegar a una ciudad caída de quién sabe qué estrella, rodear la ciudad, formar parte de la
tierra movediza que rodea la ciudad, la protege, la hace, la amamanta, la destruye, esperar y ahora gemir. "
Tiempo de silencio (fragmento) Luis Martín Santos

 

" Aunque él hubiera pensado en marcharse, en acceder, ella quedaría allí desamparada un tiempo, sin un
solo pariente, en situación más apurada que antes. Y aquél modo sumiso de hacerse culpable, de aceptar
voluntariamente su pena... Se veía metido en un extraño empeño. Aquella gente creía odiarle; pensaba que
les había perjudicado, y sin embargo, nunca había estado su corazón más cerca de ellos...En aquel momento
se negaba a dejarlos. No iba su orgullo en ello. Podían huirlo, murmurarlo, vejarlo. Un amor animal le
atraía a su vida como al río, a la tierra, a los vecinos. "
Los bravos (fragmento) Jesús Fernández Santos

 

"- Yo ya con lo corrido que estaba en la guerra y la edad que tenía, no me podía asustar el mundo. Había
aprendido en el frente el oficio de barbero; conque si un día afeitas a éste y el otro día al de más allá y acabas
siendo el barbero de tu compañía. Y tal que me fui hasta Burgos, donde tenía un brigada, el cual se había
portado muy bien conmigo en el frente. Y ése me colocó. Allí aprendí a cortar el pelo; pero acabé
encontrándome a disgusto y me marché también. Y dando vueltas hasta hoy, de una parte a la otra. Soy un
culo de mal asiento. Aquí en Coslada es el primer sitio donde me he establecido por mi cuenta. Y ya ve
usted, ni aun así dejas uno de luchar ni de tener disgustos. Por eso es por lo que digo que me ha tocado el seis
doble en esta vida. ¿Qué le parece?¿es así o no es así?.
- Desde luego. Así es. Cuando uno sale torcido de su casa, con culpa o sin ella, torcido andará ya siempre por
el mundo. Ya nada puede enderezarte. Basta que salgas con mal pie, que ya no rectificas en la vida. Si se
portaron mal los tuyos o fuistes tú el que te portaste mal con ellos, eso da igual. La cosa es que lo llevas
dentro y no hay quien te lo saque, por muchos años y por mucha tierra que se pongan por medio.
- Sí que puede que sea como usted dice...
- pues no le quepa duda. ¿Cuál es la condición de uno, sino el trato y el roce que has tenido en tu casa? Pues
así como eres, arreglado a los disgustos o a los remordimientos que te lleves a rastras, así te rondarán todas
las cosas en la vida. Y eso no se desmiente, ni por mucho emperrarse y romperse los cuernos por triunfar. Lo
sacas de casa, sea lo que sea, eso es lo tuyo para siempre.
- El seis doble o la blanca doble, como yo digo.
- O la ficha que sea; de los veintiocho, la que toque. Pero ésa no te la quitas de encima. Es un juego donde no
caben trampas. Eso bien lo sé yo; la mía también, si no es el seis doble es otra tirando a negra, desde luego.
- Sí; antes le oí referir lo de la tahona.
- Y como ésa, todas. Todas en el mismo carrillo me las han propinado. Ahora, yo, a diferencia de usted, tengo
que confesar que tengo menos derecho a quejarme. No fueron ellos, no, sino más bien fui yo mismo el que se
portó mal con los míos. A lo menos, así me lo parece. Conque a callar se ha dicho y apechugar con lo que
sea. Con todo lo que ha venido y lo que falte por venir.
El hombre de los z.b.*, se pasaba las manos por la cara. Hubo un silencio. Luego dijo:
- Así que a uno ni de casarse le queda humor. Hace dos años estuve a punto. A tiempo me volví para atrás.
Eso me creo que he salido ganando y eso me creo que ganaron ella y los que hubiesen venido. ¿No le parece
a usted?"
El Jarama , de Jesús Sánchez Ferlosio

 

Idea primera y casi obligada de los españoles recién desembarcados en el café de madame Berger, con la
cabeza llena de ilusiones y proyectos y el polvo de la Península pegado aún a la suela de sus zapatos, era la
creación de una Agrupación Nacional de Intelectuales en el Exilio, objetivo ambicioso y lejano cuya primera
etapa debía consistir en la publicación y difusión de una revista de confrontación y diálogo, abierta a las
corrientes políticas, intelectuales y artísticas del mundo moderno. Desde su llegada a París, Álvaro había
asistido a una docena y pico de sesiones previas, discutido durante veladas interminables el título, formato,
consejo de redacción, presupuesto y colaboraciones, roto viejas amistades, intervenido en brutales
exclusiones, redactado borradores y presentaciones que se habían acumulado poco a poco en los cajones de
su escritorio traspapelados entre los rimeros de cartas familiares, recortes de periódicos e inútiles guiones de
jamás realizadas películas. Pintores cuyo único timbre de gloria estribaba en ser primos de Tapies, profesores
vetustos a sueldo de pluma académica y nula, músicos que proclamaban su heroica decisión de no escribir
una sola nota hasta la caída del Régimen, toda una extraña fauna de crustáceos amparados en sus dogmas
como guerreros medievales en articulada y brillante armadura, se reunían en el café de madame Berger para
discutir, criticar, desmenuzar, debatir, pronunciar anatemas feroces y redactar cartas de injuria, aquejados de
una megalomanía incurable y una violenta indigestión de lecturas que se traducían, de ordinario, en el
empleo de fórmulas marxistas desvalorizadas por sus múltiples y contradictorios usos o de frases
invariablemente comenzadas por la primera persona del singular.
Todo candidato a director futuro del futuro parlamento de la futura España desplegaba en estas ocasiones una
dilatada elocuencia, remachando las palabras como si fueran clavos _«acciones», «luchas», «masas»,
«desarrollo», «oligarquía», «monopolios», «recrudecimiento», «avance»_ y, arrastrado por su propia oratoria
_aprendida de otros como el Padrenuestro y repetida con saña por él_, enunciaba dog- mas sonoros y
rotundos, frases solemnes y teatrales que milagrosa mente crecían como flores japonesas, se enroscaban de
pronto lo mismo que boas, trepaban luego igual que bejucos y, a punto de morir ya por consunción, se
escurrían aún como flexibles y ágiles enredaderas, como si nunca, pensaba Álvaro, pero que nunca, pudieran
tener un final.
_La cosa está que arde, muchachos _anunciaba regularmente el último Mesías llegado de Madrid_. El
ambiente de la calle es magnífico.
El sumario del primer número de la muerta y resucitada revista solía incluir un agorero análisis de la
catastrófica situación española, algún ensayo amazacotado (con referencias a Engels) en defensa del
realismo, una mesa redonda (y plúmbea) acerca del compromiso de los escritores, una antología de poemas
broncos, de firmas más o menos conocidas que (por pura negligencia) Álvaro había conservado en su
carpeta.

Mira la puerta rota
de la casa,
mira la negra hondura
de la Patria.
De hermano a hermano te hablo
de mis desgracias,
de la mísera madre,
terrible España.
Ay, Miguel si tú vieras
la luz pisada,
y la encina partida,
hecha una lástima.
Ando desnudo. Llega
la madrugada.
Miguel, tu ausencia duele,
pesa en el alma.
Mis pisadas resuenan
en la ancha plaza.
Se oye un tren. Alguien grita
desde la charca.
Cuando vuelva Santiago
cerrando España,
tu muerte y mis anhelos
hallarán Patria.
Señas de identidad, Juan Goytisolo

 

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